Con medidas cortoplacistas tu
imagen puede cambiar radicalmente
Hace una semana saltaba la
noticia que comentaba que el Gobierno australiano ha lanzado en los
últimos días una agresiva campaña de publicidad con la que busca disuadir el
tráfico de personas hacia sus costas y advertir a aquellos que aspiran a llegar
hasta ellas de que no conseguirán que Australia se convierta en su nuevo
"hogar".
El ministro de Inmigración y
Seguridad Fronteriza, Scott Morrison llegó a decir que "las políticas de protección
de fronteras del Gobierno están deteniendo los barcos, ahorrando miles de
millones a los contribuyentes al tiempo que permite reinvertir en ambas
instituciones para que puedan centrarse en su trabajo".
La medida, más allá del contenido
legal, no ha dejado de generar polémica.
Dicha actuación ha provocado la
reacción de grupos de defensa de los Derechos Humanos y ha posicionado
fuertemente a la opinión pública mundial. Cierto es que Australia no destaca
por sus conflictos, por un papel complicado o por un comportamiento fuera de lo
normal. El país de los canguros ha visto cómo en unos días su imagen ha dado un
giro estimulando críticas hacia su gobierno.
Y es que ciertos temas resultan
ser muy sensibles dentro de la opinión pública del entorno global. La
inmigración, el machismo o la adicción a las drogas son temas que afectan a
millones de personas en el mundo y que están presentes en sus vidas diarias. En
esta ocasión no hay que confundir el problema con un asunto de racismo, sino de
inmigración. Todo aquel que viaje ilegalmente a aquel país no debería tener
problemas, lo que no ocurre a la inversa.
Seguro que el Gobierno de
Australia ha meditado mucho acerca de esta decisión pero es arriesgado caer en
un cortoplacismo inmediato y dejar de contemplar posibles consecuencias de cualquier
ámbito.

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